LOS DOS ESCOBAR: una trágica relación que dejó una herida sin sanar

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Andrés y Pablo. Uno, un símbolo del fútbol colombiano. Humilde, elegante, silencioso, talentoso. Forjado de la tierra de los potreros. El otro, una figura del terror, el sinsentido y el poder.

Le había dicho a Pamela que era hora de mostrarse, de dar la cara. No pretendía vivir escondido. Ya había atravesado el miedo. Después, la culpa. Ahora quería cambiar la página. Había escrito un editorial en el diario El Tiempo en el que asumía su culpa, pero rogaba comprensión y deseos de seguir. Andrés Escobar salía a las calles de Medellín con ganas de encontrarse con su gente, con la idea de chocar con la realidad, con la fascinación de recibir un poco de cariño. Pero el ambiente estaba demasiado podrido. La violencia era imposible de contener. La bronca se disparaba a cada minuto. El rencor no se detenía nunca. Y, al final, nada cicatrizó.

Los dos Escobar, un documental producido por ESPN y dirigido por los hermanos estadounidenses Jeff y Michael Zimbalist, cuenta los trágicos caminos paralelos de Andrés y Pablo. Uno, un símbolo del fútbol colombiano. Humilde, elegante, silencioso, talentoso. Forjado de la tierra de los potreros. El otro, una figura del terror, el sinsentido y el poder.

El fútbol no pudo separarse de la realidad, porque la realidad era demasiado fuerte. A fines de los 80 y principios de los 90, Colombia estaba controlada por narcos. En algún momento, consiguieron tanto poder que se volcaron a participar en diferentes sectores públicos y legales, aprobados por la sociedad. Entonces, Pablo Escobar pasó a invertir en Atlético Nacional de Medellín. Gonzalo Rodríguez Gacha, el Mexicano, se hizo cargo de Millonarios. Miguel Rodríguez, América de Cali. ¿La estrategia? Lavar su imagen y, principalmente, dinero.

 

DIABLO, PARA UNOS; SANTO, PARA OTROS

Los narcotraficantes se volvieron algo común en el fútbol. Pablo Escobar era una especie de diablo para unos y santo para otros. Su dinero iba a sus arcas, pero también a los barrios bajos. Jugaba a ser Roobin Hood: construía canchas de fútbol, casas, mejoraba las condiciones de vida de mucha gente. Muchos de los jugadores lo conocían hace un tiempo largo. Ahora que eran profesionales, lo respetaban y admiraban. "Qué bueno que regalaran canchas y no regalaran vicios", dice Leonel Álvarez en una parte del documental. René Higuita no dudó en admitir su amistad con Escobar. Varias veces lo visitó en la cárcel. El fútbol colombiano se hizo poderoso: ya no hacía falta que los grandes jugadores buscaran un lugar en el exterior. En Colombia se pagaba muy bien.

Andrés, uno de los grandes símbolos del Atlético Nacional que salió campeón de la Copa Libertadores en 1989, prefería mantenerse al margen de todo eso. Pero era simplemente imposible. Los jugadores pasaban a ser una especie de títeres. Si Escobar quería apostar en un partido de fútbol informal en alguna de sus chacras, lo hacía. Y si pretendía jugar con profesionales en la cancha de la cárcel, también.  

El documental tiene buen ritmo y cuenta con todas las fuentes que se pueden reclamar para atravesar el tema. Quizás por la falta de conocimiento futbolero, los hermanos Zimbalist tienen algunas secuencias muy mal editadas, con tramos que no tienen nada que ver con el contexto que se cuenta y sólo agregan sensacionalismo. Pero, en general, el relato es sensible y el camino paralelo entre los Escobar se percibe, aunque la familia del ex capitán de la Selección Colombia haya explotado porque, según denunciaron, los realizadores de la películas, jamás les dijeron que incluirían en la historia de Andrés a Pablo.

El momento cúlmine se da después del Mundial de Estados Unidos 1994. La Selección Colombia, que llegaba como gran candidato a quedarse con la Copa, perdió los primeros dos partidos. Devorado por la presión, el equipo dejó de lado la elaboración y el pase, su verdadero sello. Abrazó las ganas de hacer los goles como fuera, pero la pelota nunca quiso entrar. Después del primer partido, en la derrota por 3 a 1 ante Rumania, el plantel recibió amenazas de muerte. En el segundo encuentro, ante Estados Unidos, ya nadie pensaba en fútbol. Escobar quiso interceptar un centro desde la izquierda, pero no hizo más que desviar la pelota y descolocar a Óscar Córdoba. Colombia, afuera del Mundial.

 

SÍMBOLO DE LOS AÑOS VIOLENTOS

Chicho Serna no tiene problemas en confesarlo: "Muchos decían en las calles que si Pablo Escobar hubiera estado vivo, a Andrés no le hubiese pasado nada". El narcotraficante había sido asesinado en diciembre de 1993. Sin un líder, las calles eran un descontrol.

Cuando Andrés volvió a Colombia, decidió ir a un boliche con su prometida. Un grupito lo empezó a molestar. "¡Ey! ¡Nos dejaste afuera del Mundial! ¡Eres un maricón!". Él reaccionó. A la salida, lo fueron a buscar. Le dieron seis disparos. Nunca se terminó de aclarar quiénes fueron los culpables. El chofer del auto que lo atacó, un hombre de apellido Muñoz, fue preso por once años, pero la familia del jugador no cree que haya sido el verdadero culpable. Sus jefes, los hermanos Gallón, fueron condenados por encubrimiento a 15 meses de prisión.

Un tiempo después, los narcos desaparecieron del fútbol colombiano, que, sin dinero, estuvo al borde de la quiebra. Andrés Escobar quedó impregnado como un símbolo de los años violentos. Fue la bandera de una evidencia: el fútbol no puede ser una isla ni escaparse de la realidad. El dolor no afloja. Muchos volvieron a pensar en Andrés cuando a Colombia le tocó a Estados Unidos en el Grupo A de la Copa América 2016. La herida sigue abierta y se vuelve a abrir cada tanto. Porque, al final, la vida sí terminó:

"Pero, por favor, que el respeto se mantenga... Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto, porque la vida no termina aquí".

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